El auge de la inteligencia artificial (IA) no solo transforma industrias, también está teniendo un impacto ambiental considerable. Los centros de datos que impulsan tecnologías de IA generaron en 2025 tanta contaminación por CO₂ como la ciudad de Nueva York, según estimaciones recientes que encendieron las alertas sobre el costo climático de la revolución digital.
Estas instalaciones son el corazón de servicios basados en IA, desde asistentes virtuales hasta análisis predictivo en tiempo real. Para funcionar, requieren enormes cantidades de energía para alimentar servidores y sistemas de enfriamiento. El resultado es una huella de carbono que, agregada a nivel global, alcanza proporciones comparables a las de una de las megalópolis más grandes del mundo.
El dato no solo sorprende por su magnitud, también obliga a replantear cómo se diseña la infraestructura tecnológica en un momento en que la demanda por aprendizaje automático y procesamiento de datos no deja de crecer.
Impacto ambiental de la IA y los centros de datos
Especialistas en cambio climático señalan que esta comparación con Nueva York —una ciudad con más de ocho millones de habitantes y un consumo energético enorme— evidencia un desafío urgente: la transición hacia fuentes de energía renovable para alimentar estos centros. Las emisiones de CO₂ asociadas no solo provienen del consumo eléctrico, sino también de la cadena de suministros y procesos de fabricación de equipos.
Asimismo, empresas tecnológicas están bajo presión para adoptar prácticas más sostenibles, como reutilizar el calor residual, invertir en eficiencia energética y comprar energía limpia certificada. Estas acciones no eliminan la huella, pero pueden mitigar su crecimiento.
Por otro lado, iniciativas de economía circular buscan extender la vida útil de equipos y reciclar componentes, reduciendo la demanda de nuevos materiales y la energía asociada a su producción.
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Organizaciones ambientales destacan que la comparación con Nueva York sirve como herramienta para sensibilizar al público. En consecuencia, se fortalece el argumento de que la innovación tecnológica debe ir de la mano con una transición energética justa y ambiciosa.