El debate sobre el final de la vida tomó un nuevo rumbo en Estados Unidos tras una decisión política que impacta a millones de personas. En Nueva York, la gobernadora Kathy Hochul alcanzó un acuerdo con líderes legislativos para permitir el suicidio asistido a personas con enfermedades terminales, bajo criterios médicos estrictos y supervisión estatal.
La propuesta establece que adultos con un pronóstico de vida limitado puedan solicitar asistencia médica para morir, siempre que cumplan requisitos claros. Entre ellos se incluye la confirmación del diagnóstico por dos médicos, la capacidad mental del paciente y la ausencia de coerción externa. Además, el proceso contempla periodos de espera y documentación formal para garantizar transparencia y control.
La iniciativa surge tras años de discusión pública y presión de organizaciones civiles que defienden el derecho a decidir frente al sufrimiento irreversible. Asimismo, responde a testimonios de familias que enfrentaron procesos prolongados de dolor sin alternativas legales. En consecuencia, el tema dejó de ser marginal y se colocó en el centro de la agenda estatal.
El anuncio también generó reacciones encontradas. Por otro lado, grupos religiosos y defensores de la vida expresaron su rechazo, al considerar que la medida cruza un límite ético. De igual manera, algunos profesionales de la salud pidieron reforzar las salvaguardas para evitar abusos y proteger a poblaciones vulnerables.
La legislación contempla objeción de conciencia, lo que permitirá que hospitales o médicos se abstengan de participar. También define que la administración del medicamento recaiga en el propio paciente, un elemento clave para diferenciar el proceso de otras prácticas médicas.
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Con este paso, Nueva York se suma a un grupo reducido de entidades estadounidenses que ya cuentan con marcos legales similares, lo que refleja un cambio gradual en la forma en que el país aborda las decisiones al final de la vida desde la política pública.